La ley mordaza

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A veces falta la opinión del perro. Y será el balance lo que garantice calidad en un trabajo periodístico. Junto a ello vendrá la certeza de no ser refutado ni acusado de mentiroso, por eso siempre me causó gracia la tensión en la que ingresan algunos medios cuando aparece algún político desubicado que quiere enseñarnos cómo debemos hacer periodismo.

Y ahora que doña Meche Cabanillas ha puesto en agenda de la comisión de constitución del congreso el tema  de la rectificación de los medios en el caso de una información inexacta, me provoca lanzar una carcajada antes que un indignado ¡quieren amordazar a la prensa!

En una sociedad de buena fe y sentido común, no serían necesarias normas como las que Cabanillas promueve. Seguramente, en ese contexto, tendríamos una prensa bien enterada de las cosas, rigurosa en sus contenidos y valiente a la hora de defender lo publicado. Y también políticos honestos y con el suficiente espíritu democrático como para reconocer sus errores y aceptar ser fiscalizados por los medios. Como en el primero de los casos los ejemplos no abundan, y en el segundo  los testimonios son casi inexistentes, entonces la famosa de ley de la rectificación tiene espacio para el debate.

Cuando a un periodista le piden que se rectifique, es porque se demuestra que publicó un dato equivocado. En este escenario no hay espacio para la suposición ni para la interpretación. O te equivocaste o no. No es “yo siento que te equivocaste” o “a mi me parece que cometiste un error”. En tal sentido, el plazo de tres o siete días es realmente irrelevante.

Pero como en nuestro país crecen como la espuma los locutores radiales que, muy machitos porque no muestran el rostro, insultan, atacan, difaman, despluman a las autoridades y cuestionan desde la ignorancia, y nunca tienen sanción; entonces la ley tiene con qué ser defendida. Y como en el Perú que tanto amamos existen políticos que se preocupan más por salir en la foto que trabajar para servir el país, entonces una norma que “regule” a la prensa (en realidad lo que buscan en la garantía de que nadie los critique) es ampliamente promovida por quienes ostentan el poder o duramente rechazada por los opositores que se quieren ganar unas cuantas migas con el periodismo.

La cosa, desde mi humilde punto de vista, es: Si un medio publica una información falsa, pues la rectificación cabe (y mientras más rápido mejor). Si un político se siente tocado por una información que es cierta y que afecta la vida pública y aun así quiere rectificación, pues entonces la ley no se aplica.

Este es un asunto en el que la honestidad tiene que llevar la voz cantante, de lo contrario, asistiremos a un festín de subjetivismo y aprovechamiento político. La prensa sensata no debería indignarse tanto, los políticos no deberían tenerle tanto miedo a una portada, si es que proceden honestamente.

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