Los últimos valses de la hija de Chopin

4 septiembre 2009

Renato Sumaria del Campo

(Publicado en el quincenario Encuentro Nº 13, pág 11, el 11 de octubre de 2008)

Esta es la historia de una vieja señora que está por morir; que agoniza en las partituras de Luis Duncker Lavalle y en las teclas del piano de Aurelio Díaz Espinoza; que cae presa de una ingrata memoria musical que a ratos no recuerda quién fue Felipe Urquieta y que cada tanto reconoce en Carlos Sánchez Málaga a quien fundó el Conservatorio Nacional de Música. Una señora que fue hija del talento de Chopin y que se hizo fuerte mamando la riqueza del mestizaje indio-europeo. Que cuando era niña, y luego adolescente, animó, con valses y serenatas, interminables tertulias de una Arequipa pujante y siempre hambrienta de cultura.

Luis Duncker Lavalle

Luis Duncker Lavalle

Estamos hablando de la llamada Escuela de Música Arequipeña. A saber, una de las tantas cosas que está por desaparecer en nuestra ciudad y que es necesario recordar.

Nos recibe en su casa la Directora de la Orquesta Sinfónica de Arequipa, Zoila Vega Salvatierra, quien se encargará de hacernos retroceder en el tiempo y transportarnos por algunos instantes al segundo tercio del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX que es donde, aparentemente, se origina la escuela. Son algo más de las cuatro de la tarde y lo primero que nos explica es que esta es, básicamente, una escuela de composición.

“Es un conjunto de compositores que tienen relación entre sí y con su contexto. Una relación horizontal (gente de su misma generación) que retroalimentan ciertas características, la transmiten a su siguiente generación y éstos, a su vez, la perfeccionan y la enriquecen, y la transmiten  a la subsiguiente”, explica Vega.

En el caso de la escuela arequipeña, sus representantes han tenido relación entre sí. Recibieron influencia del romanticismo europeo. Casi todos tocaban el piano. Son hijos musicales de Chopin. Tocaban para salón.

GENERACIONES Y ESTILOS

En la llamada primera generación encontramos a Mariano Bolognesi (hermano mayor de Francisco, el héroe de Arica) y a David Molina (fundador del Conservatorio de La Paz – Bolivia). La segunda generación alberga a Manuel Aguirre, Luis Duncker Lavalle y Octavio Polar. La tercera se divide en dos: Roberto Carpio, Carlos Sánchez Málaga y Felipe Urquieta; y Aurelio Díaz Espinoza y Juan Francisco Ballón. Toda la tercera generación se considera alumna de Duncker Lavalle. El recorrido generacional culmina con una cuarta generación que tiene como único representante a Jaime Díaz Orihuela (hijo y alumno de Aurelio Díaz Espinoza).

carpioLa escuela surge en un momento en el que, explica Vega, “el salón era el entretenimiento social”. “La tertulia, la visita, era todo muy importante para la gente pues eran las únicas formas de interacción social que existían. Por eso, en toda casa arequipeña siempre había alguien que supiera tocar, de lo contrario no había fiesta”, asegura.

“Los primeros compositores de la escuela –señala– tocaban para ese círculo. Bastante cerrado y bastante intelectual”.

Las siguientes generaciones se profesionalizaron. Los valses de Duncker Lavalle incorporan el uso de instrumentos folclóricos. Aurelio Díaz va más allá e ingresa al terreno de la pedagogía, convirtiéndose en el primer compositor de orquesta de Arequipa, cosa que su hijo Jaime cultiva hasta la actualidad.

Toda esta evolución da como resultado polkas, valses y galopas (entre las melodías danzables), e innumerables piezas de “vals chopiniano” (que solo se escucha). Se componen serenatas, ‘nocturnos’ y baladas, con mucha influencia del romanticismo europeo.

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Los últimos valses de la hija de Chopin (segunda parte)

Renato Sumaria del Campo

(Publicado en el quincenario Encuentro Nº 14, pág 11, el 24 de octubre de 2008)

Esta vieja señora de la que estamos hablando, tan exclusiva como los salones en los que fue interpretada, era, por decirlo así, de nariz musical respingada. Elegante y única. Estilizada. Nunca se esforzó por llegar a la hora del jayari y tampoco se dejó envolver por el yaraví tocado en las picanterías.

Encontró espacio a finales del siglo XIX, cuando las familias arequipeñas de abolengo –más bien, las familias de abolengo que se preciaban de ser arequipeñas– tenían un piano en casa. El instrumento, normalmente, era tocado por la hija, quien interpretaba, para visitantes y amigos, las melodías del momento: valses de Chopin, casi siempre.

Era la época en la que nuestra ciudad formaba parte de un circuito musical que recibía concertistas que hacían un alto en su periplo hacia Buenos Aires (ciudad a la que llegaban vía Bolivia) o músicos que, a su regreso de tierras argentinas, descansaban en Arequipa antes de partir por barco a sus países de origen.

En ese ambiente y contexto se desarrolló la Escuela de Música Arequipeña. Teniendo al vals vienés como guía y a Chopin como maestro, esta vez es Augusto Vera Béjar quien nos acompaña al pasado para entender, melódicamente, algunos detalles de importante esta corriente musical.

PALABRAS MAYORES

“A finales del siglo XIX y comienzos del XX la tendencia musical en Arequipa era parecerse a Chopin y a los músicos europeos de esa época”, cuenta Vera Béjar, en una  tranquila mañana de octubre, en su oficina del Colegio Max Uhle.

El también director de orquesta afirma que, dentro de los ritmos que nacen de la escuela arequipeña, destacan nítidamente los valses. “Son saltantes porque tienen un estilo propio, calidad académica y ningún compositor se ha podido sustraer de componer uno”.

Vera dice que estas melodías poseen una serie de características que las hacen especiales: “Son románticas y muy evocadoras. Tristes.  Este vals arequipeño no tiene letra. No está hecho para ser bailado, esta hecho para ser escuchado (Aguirre: “Vals triste”. Díaz Espinoza: “Vals sin palabras”).

Otro dato importante es que los músicos de la escuela no tocaban para grandes cantidades de público. La gente que asistía a verlos eran sus amigos, la llamada gente culta de la ciudad.

“No creo que estos músicos hayan tenido éxito en la ciudad en general sino en esa élite –señala Vera–, gente de la clase media acomodada; tan es así que las partituras las repartían solo entre su grupo de amigos”.

“Conforme ha pasado el tiempo los músicos han comenzado a encontrar estos valses y se han dado cuenta que son de una calidad inigualable y siempre se habla de ellos con respeto: ‘esos valses arequipeños son palabras mayores’, me han dicho varios”, cuenta.

“TÚ VERÁS QUÉ HACES CON ESTO”

Augusto Vera Béjar es autor de un reciente libro llamado “El vals arequipeño”. La investigación le tomó bastante tiempo, pero, junto al trabajo académico, tuvo que hacer las veces de restaurador. Así, cuenta que recibió de su hermano partituras rescatadas por el Padre Carlos Pozzo del papel que recogía para luego vender y obtener fondos para las obras de Circa.

“El Padre Pozzo, apenas veía algo que se parecía a una partitura lo separaba y se lo daba a mi hermano, que era su médico. ‘Tu verás que haces con esto’, le decía. Mi hermano, obviamente, me lo daba”.

Quenas11De esa manera se han podido rescatar partituras escritas por Luis Duncker Lavalle (acaso el más importante músico de esta escuela). “Allí, en medio del cerro de papel había partituras de Dunker de tres valses que nunca los había escuchado mencionar”, señala Vera. “Fue un acto de rescate maravilloso”, concluye.

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Sobre cómo Camila llegó al mundo

24 abril 2009

Foto de antaño. Las letritas las puso el gordo.

Foto de antaño. Las letritas las puso el gordo.

Eran las nueve de la noche de algún un día del 2003 que no recuerdo. El carro honda granate del gordo Lino hizo sonar su bocina en la puerta de la casa de mi mamá. Yo, todavía era soltero. Debo decir que cuando mi mamá y mi hermana escuchaban esa bocina, siempre suponían que algo malo podía pasar. Y, en verdad, esa vez, razón no les faltó.

Dentro del auto estaba toda la banda: el gordo Lino, un ancho sujeto de ojos medio verdes y peinado de Daigoro, al que sus hermanas llamaban, yo no sé porqué, Yoni; era (es) mi amigo de toda la vida, al que más quiero y extraño, colega de alegrías y penas -hemos vivido tanto- gran cómplice en una que otra barbaridad juvenil. El gallo Omar, un alegre y sufrido flacuchento pelirrojo de moral ligera. El negro Billy, un noble chuquibambino gustoso de dormir concluido el segundo pisco sour y, oh sorpresa, el amigo Deyby, un viejo zorro de aventuras colegiales muy parecido al oso Búbu, el sobrino de Yogui, y que era conocido entre los amigos de colegio como pulman, pues de chiquito no podía pronunciar walkman.

Deyby tenía una enamorada que, acabadita de cumplir 18, había resultado embarazada. Él era el padre.

– Toy preocupado, huevones -Nos dijo

– Tranqui, causa, todo va a salir bien -Calmó el gordo Lino, que ya conocía la historia.

– Cuenta pe causa ¿qué está pasando? -Presionó Omar

Y allí comenzó todo.

Deyby había ido a blanquear la situación con los papás de la chica. Estos no entendieron razones. El aborto era la opción. Como si el insano orgullo de un par de viejos y una hermana, se podía resarcir matando a un inocente.

El pobre Deyby se fue de la casa, con la cabeza gacha y sus esperanzas torcidas. La presión lo mataba. Las uñas no eras suficientes porque los nervios lo empujaban a comerse los pellejos que le quedaban en sus morenas manos. Estaba ido. Sus ojos estaban apagados. Todavía recuerdo esa mirada perdida, roja de tanto llorar. Le dijimos que se quede tranquilo. Que no se desespere. Que no haga tonterías. Que nada malo iba a pasar. Que rece. Y eso hizo. Y se calmó.

Esa noche, la conversación terminó después de la media noche.

LA LLAMADA

Pasaron unos días y, la tensa calma que rodeaba la vida de búbu, se rompió con una llamada.

– Me trajeron a Corire, estoy aquí hace una semana.

Era Rosa, la enamorada embarazada.

– Qué haces ahí -contestó Deyby.

– Me trajo mi hermana. Estoy trabajando en un casino y el domingo me llevan donde la partera para que aborte -Confesó asustada.

Era un viernes por la tarde.

EL OPERATIVO

Enterados de esto convocamos una reunión en la casa de Deyby, ese mismo viernes a las 9 de la noche. Nos juntamos el gordo Lino, el gallo Omar, el negro Billy y yo. Y llamamos de refuerzo al loco Gonzalo. El primer punto a tratar…la comida. Nadie había probado bocado alguno.

Superado el impase, retomamos el tema. Había que evitar el aborto. Entonces, yo no sé cómo, comenzamos a armar el plan Corire, que debía observar varios aspectos:

1) El tema legal: Si habíamos de rescatar a Rosa, tendríamos que tener la certeza de que ello no podía parecer un secuestro. Como yo era el periodista, vieron en mí lo más parecido a un abogado.

– ¿Es mayor de edad? -pregunté

– Sí -respondió Deyby

– Y que garantías hay de que se quiera venir contigo -agregé para ver si  Búbu tenía certezas

– Todas -respondió

2) El factor tiempo: Teníamos la información de que Rosa salía del casino a las 12 y se demoraba unos 10 minutos en llegar a la casa de su hermana. La delegación debía llegar a Corire a las 11.45 y salir en el bus de las 12.10.

– Hay carros a esas horas -preguntó Omar.

– Salen a cada rato los Del Carpio -contestó Deyby

Entonces diseñamos el plan. Los elegidos debían salir a las 8 de la mañana de Arequipa para llegar a las 11 y algo más. Esconderse tras los árboles de la plaza y esperar las 12. De allí en más no habría besitos ni abrazos. Era recogerla y subirse al bus.

3) La protección del “rehén”: Entre Corire y Arequipa hay casi cuatro horas, tiempo suficiente para que los padres de Rosa se enterasen de lo que había pasado. Podía suceder cualquier cosa en el trayecto y a la llegada.

– Debes decirle a la Rosa que en todo momento diga que se viene solita. Tu no te sientes con ella en el bus -Le dije a Deyby.

– ¿Ni un ratito? -Preguntó nuestro Búbu enamorado, al tiempo que Omar le metía un lapo de antología

– No escuchas, imbécil. Ni un ratito -Le gritó.

– Luego, aquí, hay que tramitar en la cómica (comisaría) de Simón Bolivar, una denuncia, porque allí trabaja mi tío, y en la gobernación de Paucarpata debemos solicitar garantías para la vida de Rosa e impedir que sus papás se acerquen -Les propuse.

– Ya huevas, eso hacemos -asintieron todos.

4) La logística: O sea la plata.

– Oe, alguien tiene plata para esto -preguntó Gonzalo.

– ¡No jodas pe loco! -gritamos varios

Tema resuelto

5) Había que elegir a los viajeros: Alguien propuso que no viajara Deyby. Pero como a este gil lo habíamos conocido terco y espeso, pudo más el deseo de que nos deje de molestar que la razón misma. Los otros dos elegidos fueron Lino y Omar.

Y así emprendieron el viaje. A las 7:30 de la mañana del día siguiente, Lino, Omar y Deyby, estaban en la puerta de mi casa. Bajamos por toda la avenida Avelino Cáceres hasta llegar a la cochera de Transportes Del Carpio. A las 8 de la mañana, tal y como estaba previsto, salieron para Corire.

Unas tres horas después arribaron a la capital del camarón para hacerse de la presa.

Era medio día. Rosa salió del casino y caminó unos pasos hasta encontrarse con Deyby en la plaza principal. En una bocacalle esperaba Búbu ansioso. El plan no contemplaba besitos pero a ese pata no se le podía pedir que se aguante. Miró a Rosa y no se contuvo. Ni les pidió permiso a sus acompañantes. Corrió a su encuentro y se besaron. Atrás quedaron el gordo y el gallo, riéndose del Búbu enamorado. Pronto partieron para Arequipa sin problema de por medio. Luego de 8 meses nació Camila.

Fue la última gran travesura que hice con mis amigotes. La vez que nos unimos para salvar una vida. Me sentí como aquellos que llevaron al amigo paralítico y lo bajaron por el techo de la casa para que Jesús lo cure. Es el poder de la amistad. Del saberse unidos en un mismo ideal. Es la fuerza del amor fraterno por el prójimo en desgracia. Fuerza que sólo viene de Dios y en Él encuentra su sentido. La única denuncia que pesa sobre nosotros es la de haber permitido un embarazo y de ser los responsables de que hoy Camila le saque babas a sus papás y sus abuelos. También los hace renegar, pero eso es lo de menos.