Adviento: tiempo para aprender a esperar

9 diciembre 2009

Desde que me casé, la liturgia de encendido de las cuatro velas de la Corona de Adviento es infaltable lugar de encuentro y oración en mi familia, que por ahora tiene tres miembros: dos en la tierra (mi esposa y yo) y uno en el cielo (nuestro hijo que se nos fue a la sexta semana de embarazo y que hoy está donde muchos ya quisiéramos. Lo arrulla la Virgen y le jala la barba a San Pedro).

Han pasado dos semanas desde su inicio y tengo la extraña certeza de que algo en este Adviento es diferente. Nunca había estado tan seguro de que este era -de verdad- un buen tiempo para aprender a esperar. Para alejarse de lo urgente y dedicarse a lo importante, y de paso preguntarme qué es lo importante. Un espacio de serena reflexión y preparación para algo grande. Tiempo de  escucha, acogida y anuncio. Espacio de mucha fe y oración. Terreno de una invensible ilusión que le pide ayuda a Dios para seguir sobreviviendo a pesar de la fragilidad del corazón que la sostiene.

No sé qué pasará al final. Aún el milagro no es patente. Solo sé que este año, como hace más de dos mil calendarios, habrá Navidad en mi vida. Seguiré encendiendo las velas de mi corona con la esperanza de llegar bien preparado al día en el que, por fin, pueda gritar mi corazón: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»…

Anuncios