En defensa del Crucifijo

3 diciembre 2009

Si un danés dibuja unas caricaturas burlándose de los musulmanes, se arma un lío de proporciones planetarias. Pero si algún par de “creativos” crucifican a una rana borracha o le ponen la cruz en el pecho a una calatona para promover la adopción de animales, entonces hay que hacer mutis. Nadie puede descalificar ese acto. Los medios optan por  taparle la boca a cuanto católico quiera reclamar y comienzan a gritar ¡arte, arte!

La estrategia es clara: retirar al cristianismo del espacio público y, de taquito, cada vez que se pueda, ridiculizarlo. Esta no es la primera  vez (y no será la última) en la que los cristianos debemos soportar ofensas como estas. En un mundo de “tolerancias” lo único intolerable parece ser el catolicismo. Persiste un totalitarismo bastante caleta, que se esconde cobarde bajo la falda de una falsa neutralidad, el “respeto” por las ideas, la “apertura” de mente, lo políticamente correcto. Allí se cocinan las más graves ofensas contra Dios y contra quienes creemos en Él. Contra la Iglesia Católica y quienes queremos permanecer fieles a ella. Contra la Cruz de Cristo y cuántos vemos allí resumidas nuestras más profundas convicciones religiosas.

Quizá les apetezca un dios a la medida del laicismo: escondido en algún rincón de la casa, callado, sin seguidores, temeroso y despreocupado de lo que pase en este mundo nuestro. Quizá quieran que todo pase a manos de la arbitraria idea de libertad que pretende imponernos modelos de vida “progres”. Quizá quieran decirnos que todo es relativo y que nada es absoluto (¿han oído alguna vez algo más…ejem…absoluto?). Quizá quieran negarle al cristianismo el espacio que tiene en la historia y conformación de las naciones. En fin, quieran lo que quieran, no tienen el derecho a ofender la fe de millones de personas en el mundo. Basta de cinismo.

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